Hay silencio en mi casa luego de levantarme de una siesta que más que siesta es un evadirme sin evadirme de la realidad. El lunes estando en la misma situación (tirada en la cama, aunque el día prometía una calidez de playa) tocan el timbre en mi casa, a eso de las quince horas. Esperando el plomero, uno que llamé la semana pasada, abro la puerta y me encuentro con M. Hacia un año que no lo veía. Tipo raro, o no tanto. Hay muchos así pululando, lo que hace desear que es preferible estar sola que mal acompañada, como el dicho. Chusmeé hacia la entrada de mi casa y vi que estaba estacionada su moto. Me preguntó como si nada, cómo estaba, que había pasado, que había tocado timbre en el departamento de al lado, como fingiendo casualidad en el encuentro. O en su búsqueda de él de mí. No sé porque le dije si quería pasar, tampoco sé por qué luego lo invité con unos mates, breves, aducía un cierto apuro o compromiso con alguien como para irse pronto. Alcancé a ver en la pantalla de su celular, mucho más moderno que el mío, un mensaje de voz de una tal C. que sé que es un contacto suyo de Facebook. Me dijo que había estado viviendo en La Plata, un romance con una chica de allá, mi deducción de obsesa me dice que es C. el tema es que agarra su casco de la moto, me despide y hace el intento de besarme en la boca, a lo que accedo, no pasó de eso, de una apretada y algún abrazo. Me dejó su número de teléfono en el mío, como marcando territorio. Su charla (o monólogo) estuvo llena de imprecisiones, que estaba parando en la casa de sus viejos, que le había fallado su intento de irse a Brasil, (…) No quedó nada en claro, como siempre fue con esta persona M. Lo que si no falló es en mi obsesa acción de volver a rastrearlo en su Facebook (no lo tengo como amigo), rastrear a C. y ver que a M. le encanta su foto de perfil.
Me llamé al orden, con plena conciencia de que con estas acciones no llego a nada, a buen puerto.
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