Lo que ella
no soñaba mientras la anorexia le punzaba ya no el estómago, ahora el alma.
Ante ella no era Alejo, sino otro. Otros ojos, peces verdes, otros brazos, aún
más deseados. Deseo urgente de marcar ese número, ese grito imposible tirado en
la noche más amarga. Ismael Serrano, te
llevé en mi bolsillo, ¿amuleto tal vez? “Deshojo el calendario…”
Habían estado
chateando, él tampoco era de la ciudad, como ella venía de un pueblo cercano, “estoy triste, incomprendido”. Le gusta
su voz, “¿te conté que me chocaron el
auto?” Claudio, oscuro, como su mirada, sus lunares, su piel cansada,
consulta por enésima vez su celular. Luego sin disimulo fija su vista en un
grupo de jovencitas, entre dientes se le escucha:
_”Si así están ahora…”
A ella se le
viene la imagen de sábados a la noche del pueblo. Ese grupo cuarentón de
babosos, acodados, empuñando un vaso en la barra.
María lo
padece y recuerda un bar cercano, un viernes igual que ese, estuvo con otro.
Claudio paga la cuenta, mientras calcula la propina del cuidacoches se le cae
una moneda, se agacha a levantarla. María abre la puerta como lo haría un
empleado al llegar el viernes. Salen al aire transparente de la noche.
_” ¿Quién ganó?... como va
Vélez… le está peleando la punta…”. Dirigiéndose al trapito.
Le abre la
puerta que ha sufrido un choque, y por poco la aplasta. Ella se introduce y a
punto está de curiosear los cedés que se alojan en la puerta. Mejor no toco nada, se dice, y se sienta
prolijamente.
La noche es
temprana, él conduce lentamente. Otra vez la mirada se le posa en una chica que
espera en una esquina. Nunca más veré a
este tipo.
Se baja en la
esquina y regresa antes de las doce.







